
Él le tendió los brazos, ella se dejó abrazar y lloró en su pecho.
– Por favor… llámala.
Levon cogió el teléfono de la manta y marcó el número de Kim. Contó los interminables tonos, dos, tres, mirando el reloj, haciendo el cálculo. En Hawai eran poco más de las diez de la noche.
Oyó su voz.
– ¡Kim! -gritó.
Barbara se pasó las manos por la cara con alivio, pero Levon comprendió su error.
– Es sólo un mensaje -le dijo a Barbara, al oír la voz grabada de Kim: «Deja tu nombre y tu número y responderé a tu llamada. ¡Chao!»
– Kim, soy tu padre. ¿Estás bien? Nos gustaría tener noticias tuyas. No te preocupes por la hora. Sólo llama. Aquí están todos bien. Te quiero, cariño.
Barbara sollozaba «Dios, santo Dios», estrujando las mantas y apretándoselas contra la cara.
– Aún no sabemos nada, Barbara -dijo Levon-. Podría ser un imbécil con un morboso sentido del humor…
– Dios mío. Llama a la habitación del hotel.
Sentado en el borde de la cama, mirando la grumosa alfombra entre sus pies, Levon llamó a información. Anotó el número, colgó y llamó al Wailea Princess de Maui.
Cuando atendió el operador, pidió hablar con Kim McDaniels, oyó cinco tonos distantes en una habitación que estaba a diez mil kilómetros de distancia y luego una voz grabada contestó: «Por favor, deje un mensaje para el ocupante de la habitación 314, o pulse cero para hablar con un operador.»
Levon volvió a sentir dolores en el pecho y se quedó sin aliento.
– Kim -le dijo al auricular-, llama a papá y mamá. Es importante. -Apretó el botón del cero, hasta que la voz cantarina del operador del hotel, al otro lado del mundo, apareció en la línea.
Le pidió que llamara a la habitación de Carol Sweeney, la representante de la agencia de modelos, que había acompañado a Kim a Hawai y debía estar allí para cuidarla.
Tampoco hubo respuesta en la habitación de Carol. Levon dejó un mensaje.
