
— Esas habladurías son ciertas.
Se oyó un gemido entre la hilera de reclutas, y se agitaron como si un soplo de viento helado los hubiera recorrido. La sonrisa desapareció.
— Ahora iremos corriendo a por los desayunos, tan pronto como se hayan ofrecido algunos voluntarios para una misión fácil. ¿Alguno de vosotros sabe guiar un helicoche?
Dos reclutas alzaron esperanzadamente sus manos, y les hizo un gesto para que se adelantaran.
— De acuerdo, vosotros dos tenéis escobas y cubos detrás de esa puerta. Limpiad la letrina mientras los demás comen. Así tendréis mejor apetito al mediodía.
Esta fue la segunda lección que recibió Bill sobre como ser un buen soldado: no presentarse nunca voluntario.
Los días de entrenamiento de los reclutas pasaron con una velocidad terriblemente letárgico. Con los días, las condiciones se hacían peores, y Bill se sentía cada vez más exhausto. Esto parecía imposible, pero sin embargo era verdad. Un amplio número de mentes brillantes y sádicas lo habían diseñado en esa forma. Las cabezas de los reclutas fueron afeitadas para conseguir una mayor uniformidad, y su aparato genital pintado con un antiséptico color naranja para controlar la ladilla endémica. La comida era teóricamente nutritiva pero increíblemente repugnante, y cuando, por error, se servía un plato en buen estado, se retiraba en el último momento y era echado a la basura, y al cocinero se le rebajaba de grado. Su sueño era interrumpido por supuestos ataques de gas, y su tiempo libre ocupado en el cuidado de su equipo. El séptimo día estaba destinado al descanso, pero todos ellos habían sido castigados, como Bill en la cocina, y transcurría como cualquier otro día. Por esto, al tercer domingo de su prisión, cuando estaban tambaleándose en la última hora del día antes de que las luces fueran apagadas y se les permitiera finalmente arrastrarse a su endurecidas literas, Bill empujó contra el débil campo de fuerza que cerraba la puerta, sabiamente diseñado para permitir que las moscas del desierto entrasen pero no pudiesen salir de los barracones, y se deslizó al interior.
