
— Soy el Oficial Subalterno Deseomortal Drang, y me llamaréis «Señor» o «Milord». — Comenzó a caminar arriba y abajo, huraño, ante la fila de aterrorizados reclutas —. Soy vuestro padre y vuestra madre, y todo vuestro universo, y vuestro más dedicado enemigo, y pronto haré que maldigáis el día en que nacisteis. Destruiré vuestra voluntad. Cuando diga «rana», saltaréis. Mi tarea es convertiros en soldados, y los soldados guardan disciplina. La disciplina significa simplemente una obediencia ciega, una pérdida de la propia voluntad y una absoluta subordinación. Esto es todo lo que pido…
Se detuvo ante Bill, que no estaba temblando tanto como los demás, y gruñó:
— No me gusta tu cara. Un mes de cocina los domingos.
— Señor…
— Y otro mes por contestar.
Esperó, pero Bill permaneció en silencio. Ya había aprendido su primera lección de como ser un buen soldado: ten la boca cerrada. Deseomortal siguió caminando.
— En este momento no sois otra cosa más que horribles, sórdidos y fofos trozos de repugnante carne civil. Yo transformaré esa carne en músculo, vuestra voluntad en gelatina, vuestras mentes en máquinas. Pronto os convertiréis en buenos soldados u os mataré. Muy pronto empezaréis a oír habladurías acerca de mí, malévolas habladurías que os dirán como una vez maté y me comí a un recluta que me desobedeció.
Se detuvo y se los quedó mirando, y la tapa del ataúd que era su boca se abrió lentamente en la repugnante imitación de una sonrisa, mientras una gota de saliva se formaba en la punta de cada uno de sus blancos colmillos.
