Tras catorce horas de cocina, sus piernas vibraban de cansancio, y sus brazos estaban arrugados y pálidos como los de un muerto a causa de la continuada inmersión en agua jabonosa. Dejó caer su guerrera al suelo, donde quedó rígidamente en pie, sostenida por su carga de sudor, grasa y polvo, y retiró su afeitadora de su taquilla. En la letrina, giró la cabeza buscando un espacio limpio en uno de los espejos. Todos ellos habían sido pintarrajeados con grandes letras que expresaban unos mensajes tan sugestivos como:

TEN LA BOCA CERRADA: LOS CHINGERS ESCUCHAN Y SI HABLAS ESTE HOMBRE PUEDE MORIR.

Finalmente, enchufó la afeitadora al lado de ¿TE GUSTARÍA QUE TU HERMANA SE CASASE CON UNO?, y centró su cara en el espejo. Unos ojos sanguinolentos y ojerosos le devolvieron la mirada mientras deslizaba la zumbadora máquina por los famélicos pliegues de su mandíbula. Le llevó más de un minuto el que el significado de la pregunta penetrase en su cerebro, embotado por la fatiga.

— No tengo ninguna hermana — gruñó desalentado —. Y, si la tuviera, ¿por qué iba a desear casarse con un lagarto?

Era una pregunta retórica, pero tuvo una respuesta desde el extremo más alejado de la habitación:

— No significa exactamente lo que dice; está ahí tan solo para hacernos odiar más al enemigo.

Bill se sobresaltó, pues había pensado que estaba solo en la letrina, y la afeitadora zumbó irritada y arrancó un trozo de carne de su labio.

— ¿Quién está ahí? ¿Por qué se esconde? — espetó; y entonces reconoció a la agazapada figura entre las sombras y los muchos pares de botas —. Ah, eres tú, Ansioso. — Su ira desapareció, y volvió al espejo.



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