
¡Este es el que busco!, se regocijó para sí mismo, mientras su amarillenta lengua mojaba involuntariamente sus labios. Ya podía notar el peso del dinero de la recompensa en su bolsillo. El resto del auditorio era el habitual grupo de hombres de demasiada edad, mujeres obesas, muchachos barbilampiños y otros inalistables. Todos excepto aquel pedazo de carne de cañón electrónico de anchas espaldas, mentón cuadrado y cabello rizado. Con una mano precisa en los controles, el sargento disminuyó los subsónicos ambientales y dirigió un concentrado rayo estimulante a la parte trasera de la cabeza de su víctima. Bill se agitó en el asiento, casi tomando parte en la gloriosa batalla que se desarrollaba ante él.
Cuando murió el último acorde y la pantalla se apagó, el robot de los refrescos golpeó metálicamente su pecho y aulló:
— ¡Beban, beban, beban!
El borreguil auditorio caminó en aquella dirección, excepto Bill, que fue arrebatado de entre ellos por un poderoso brazo.
— Tenga, ya le he traído una bebida para usted — le dijo el sargento, pasándole un vaso tan cargado con drogas reductoras del ego que los sobrantes de la disolución se estaban cristalizando en el fondo —. Es usted un tipo que se distingue por encima de todos los individuos que hay por aquí. ¿No ha pensado nunca en seguir una carrera en las fuerzas armadas?
