— Yo no soy ningún tipo marcial, sargento… — Bill encontró algo raro entre los dientes y escupió para librarse de ello, y se asombró de la repentina vaguedad de sus pensamientos. El solo hecho de que estuviera aún consciente tras el volumen de drogas y subsónicos que había recibido era un tributo a su físico —. No soy del tipo militar. Mi mayor ambición es ayudar, en la mejor forma posible, en la profesión que he escogido de Operador Técnico en Fertilizantes, y ya casi he terminado el cursillo por correspondencia…

— Ese es un mal trabajo para un chico brillante como usted — le dijo el sargento, mientras lo palmeaba en el brazo para comprobar sus bíceps: rocas. Resistió el impulso de abrir sus labios para mirar el estado de sus muelas; más tarde —. Deje ese trabajo a quienes les guste. No hay posibilidad de mejora en él. Mientras que en el ejército la promoción no tiene límite. ¡Pero si hasta el mismo Gran Almirante Pflunger subió por los cohetes, como se dice, desde recluta hasta gran almirante! ¿Qué le parece esto?

— Me parece estupendo para ese señor Pflunger, pero creo que trabajar con fertilizantes es más divertido. Je, je… Me está entrando sueño. Creo que me iré a casa a echar una dormida.

— No antes de que vea esto, como un favor personal hacia mí, claro — le dijo el sargento, poniéndose frente a él y señalando un gran libro que mantenía abierto un pequeño robot —. Las ropas hacen al hombre, y a la mayor parte de los hombres les avergonzaría ser vistos en un traje tan burdo como ese que lleva usted colgando, o arrastrando esas barcazas rotas que usa por zapatos. ¿Por qué ir así cuando podría ir así?

Los ojos de Bill siguieron el grueso dedo hasta el grabado en color del libro, en el que un milagro de la ingeniería mal empleada hizo que su propio rostro apareciera en la figura ilustrada ataviada con el rojo uniforme.



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