El sargento hizo pasar las páginas, y en cada grabado el uniforme era algo más brillante, y la graduación más alta. El último era el de un gran almirante, y Bill parpadeó ante su propio rostro bajo el casco emplumado, ahora con algunas arrugas en las comisuras de los ojos y ostentando un elegante bigote canoso, pero indudablemente aún su rostro.

— Así es como se le vería — murmuró el sargento a su oído — una vez hubiera subido por las escaleras del éxito. Seguro que le gustaría probarse un uniforme. ¡Sastre!

Cuando Bill abrió su boca para protestar, el sargento le había introducido en ella un grueso cigarro, y antes de que pudiera sacárselo el sastre robot había llegado a su lado, corrido un brazo provisto de cortina a su alrededor, y lo había desnudado.

— ¡Hey! ¡Hey… ! — dijo.

— No le hará ningún daño — dijo el sargento, introduciendo su enorme cabeza entre las cortinas y sonriendo ante la musculoso visión del cuerpo de Bill. Clavó un dedo en un pectoral (como una roca) y luego se retiró.

— ¡Huy! — dijo Bill cuando el sastre extendió un frío metro y lo palpó con él, tomando sus medidas. Algo hizo chung dentro de su torso tubular, y una brillante chaqueta roja comenzó a surgir por un orificio en el frente. En un instante se la hubo colocado a Bill, abotonándole los brillantes botones dorados. Unos lujosos pantalones de piel gris aparecieron luego, y más tarde unas lustrosas botas altas y negras. Bill se tambaleó cuando la cortina fue apartada y un alto espejo motorizado rodó frente a él.

— Oh, cómo les gustan los uniformes a las chicas — dijo el sargento —. Y uno no puede culparlas por ello.

Una memoria de la visión de las blancas lunas gemelas de Inga-María Calyphigia oscureció la vista de Bill por un momento, y cuando esta se hubo aclarado se dio cuenta de que tenía aferrada una estilográfica y estaba a punto de firmar el contrato que el sargento reclutador mantenía frente a él.



5 из 173