
— Su hijo es ahora un soldado para la mayor gloria del Emperador — dijo el sargento, empujando a los boquiabiertos y decaídos reclutas hacia la formación.
— ¡No! ¡No puede ser…! — lloriqueó la madre de Bill, arrancándose su canoso pelo —. Soy una pobre viuda, y él es mi único apoyo… No pueden…
— Madre… — dijo Bill. Pero el sargento lo empujó de nuevo a la formación.
— Sea valiente, señora — dijo —. No puede haber mayor gloria para una madre. — Le dejó caer una gran moneda reluciente en la mano —. Aquí está la paga del alistamiento, el chelín del Emperador. Sé que él desea que lo reciba usted. ¡Atención!
Con un golpeteo de tacones, los desgarbados reclutas alzaron los hombros y las barbillas. Para sorpresa suya, también lo hizo Bill.
— ¡Derecha… ar!
En un único y grácil movimiento, giraron cuando el robot de mando emitió la orden al activador hipnótico de cada bota.
— ¡De frente… ar! — y lo hicieron en perfecto ritmo, tan bien controlados que, por mucho que lo intentó, Bill no pudo ni girar la cabeza ni lanzar un último saludo a su madre. Esta desapareció tras él, y un último chillido angustiado se perdió entre el golpear de pisadas al paso.
— Sube el ritmo a ciento treinta — ordenó el sargento, contemplando el reloj colocado bajo la uña de su dedo meñique —. Tan solo hay veinte kilómetros hasta la estación, y esta noche estaremos en el campamento, muchachos.
El robot de mando incremento un tanto su metrónomo, y las botas golpearon con mayor velocidad y los hombres empezaron a sudar. Para cuando habían llegado a la estación de helicópteros ya era casi de noche; sus uniformes de papel rojo colgaban hechos girones, la purpurina se había corrido en sus botones de lata, y la carga superficial que repelía el polvo de sus delgadas botas de plástico había desaparecido. Se veían tan deprimidos, desmoralizados, polvorientos y miserables como se sentían en realidad.
