DOS

No fue la grabación de una corneta tocando diana lo que despertó a Bill, sino los supersónicos que corrieron a lo largo del armazón metálico de su litera, agitándolo en tal forma que hasta los empastes se desprendieron de sus dientes. Saltó en pie, y se quedó tembloroso en la grisácea mañana. Como era verano, el suelo estaba refrigerado: no se mimaba a los hombres del campamento León Trotsky. Las pálidas y congeladas figuras de los otros reclutas se alzaron a cada lado, y cuando las vibraciones, que agitaban el alma, murieron, sacaron de debajo de las literas sus gruesos uniformes de combate hechos con tela de saco y papel de lija, se los vistieron rápidamente, introdujeron sus pies en las grandes botas púrpura de los reclutas, y trastabillaron hacia el alba.

— Estoy aquí para romperos el alma — les dijo una voz rica en amenazas; y miraron al frente, y temblaron aún más cuando contemplaron al jefe de los demonios de aquel infierno.

El suboficial Deseomortal Drang era un especialista desde las puntas de las irritadas lanzas de su cabello hasta las rugosas suelas paseantes de sus botas que brillaban como espejos. Era de amplias espaldas y delgado talle, mientras que sus largos brazos colgaban como los de algún horrible antropoide, y los nudillos de sus inmensos puños se veían agrietados por la rotura de millares de dientes. Era imposible contemplar su detestable figura e imaginar que había surgido de la tierna matriz de alguna mujer. Era imposible que hubiera nacido; debía de haber sido fabricado a la medida para el gobierno. Lo más horrible de todo era la cabeza. ¡El rostro! El cabello llegaba hasta un dedo de distancia por encima de los negros mechones de sus cejas, que estaban colocadas como unos matorrales que crecieran al borde de los negros pozos que ocultaban sus ojos, visibles tan solo como nefastos destellos rojos en la negrura estigia.



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