
El individuo que tenía enfrente gruñó. Su nombre era William Crawford Shand, alias Craw, un cuarentón soltero que vivía solo en un bloque de viviendas subvencionadas de Craigmillar y que llevaba seis años en el paro. Se hurgaba con dedos temblorosos el pelo moreno grasiento, en ademán de cubrirse una incipiente coronilla.
– La primera víctima -insistió Rebus-. Cuéntenos.
«Cuéntenos» porque había otro hombre del Departamento de Investigación Criminal (DIC) en la «galletera». Era Maclay, y Rebus apenas sabía nada de él. Lo cierto es que aún no conocía muy bien a nadie en Craigmillar. Maclay, recostado en la pared, con los brazos cruzados, entornaba al máximo los ojos. Parecía una pieza de maquinaria en reposo.
– La estrangulé.
– ¿Con qué?
– Con un trozo de cuerda.
– ¿De dónde sacó la cuerda?
– La compré en una tienda, no recuerdo dónde.
Pausa de tres compases.
– ¿Y qué hizo después?
– ¿Cuando ya estaba muerta? -preguntó Shand rebulléndose ligeramente en la silla-. Le quité la ropa y mantuve relaciones con ella.
– ¿Con un cadáver?
– Aún estaba caliente.
Rebus se puso en pie y fue como si el chirrido de la silla contra las baldosas acobardase a Shand. Nada más fácil.
– ¿Dónde la mató?
– En un parque.
– En un parque, ¿de dónde?
– Cerca de su casa.
– ¿En qué sitio?
– En la calle Polmuir de Aberdeen.
– ¿Y qué hacía usted en Aberdeen, señor Shand?
Se encogió de hombros. Pasó los dedos por el canto de la mesa, dejando manchas de sudor y grasa.
– Tenga cuidado -dijo Rebus-. Son cantos afilados y podría cortarse.
Bufido de Maclay. Rebus se arrimó a la pared y le miró interrogante. Maclay asintió ligeramente con la cabeza y Rebus volvió a la mesa.
– Descríbanos el parque -dijo, apoyándose en el borde del escritorio y encendiendo otro cigarrillo.
