
Volvió al salón decidida a decir lo que pensaba. La esperaban. Bob le estaba sirviendo un jerez.
– Hemos estado pensando en lo del niño -dijo Gladys antes de que ella pudiera decir nada-, y nos hemos dado cuenta de que tienes que darte prisa porque hay suficiente esperma como para que tengas más de un y como ya casi has cumplido treinta años… Si el primero no es chico, querremos… -Gladys rectificó querrás tener otro. Ya te hemos pedido cita con un especialista en Newcastle. Bob te ha conseguido un sustituto para mañana.
– Gracias -dijo Rose descorazonada, al tiempo que rechazaba el jerez.
Gladys sonrió con aprobación.
– Buena chica. Le he dicho a Bob que era mejor que era mejor que no bebieras.
– No estoy embarazada.
– Pero lo estarás pronto.
– No -dijo Rose con un hilo de voz. Luego, elevanando el tono continuó-. No. Si no os importa… -tomó aire-. Me alegro de que hayas encontrado alguien que me sustituya mañana. Tengo que ir a Londres un par de días. He recibido una carta.
– ¿Una carta?
– Si una carta certificada. Ha llegado a la clínica -explico sabiendo perfectamente que si la carta hubiera llegado a la casa habría sido requisada-. ¿Recordáis que mi familia tenía vínculos con la realeza?
– Si -dijo Gladys en actitud tensa.
– Parece ser que la semana pasada vino alguien de Alp Montez a buscarme y le dijiste que me había marchado.
– Yo… -Gladys miró a Bob y luego al suelo-. Dijo que tenia que hacerte una propuesta -masculló-, y pensé que no te interesaría.
Rose asintió. Dos proposiciones en una semana. La que tenía ante sí hacía que la otra resultara incluso razonable.
Pero lo que la ayudó a tomar la decisión definitiva fue lo que Gladys le había dicho hacía unos minutos. Aunque accediera a tener un hijo, lo que verdaderamente quería era un niño. Y si tenía un niño, se convertiría en el recuerdo viviente de Max. ¿No sería una locura tomar una decisión basada en ese deseo?
