En ella, Rose se apoyaba en un destartalado todoterreno mientras charlaba con alguien que quedaba fuera de foco. Llevaba unos sucios vaqueros de peto, botas de plástico, y estaba manchada de barro. Tenía la piel blanca, salpicada por algunas pecas y una hermosa mata de pelo cobrizo que le caía por la espalda. Era una atractiva mujer de campo, pero Nick estaba acostumbrada a un estilo más sofisticado y elegante, adjetivos que no habrían servido para describirla. Sin embargo, no podía negar que era… mona. Por eso había decidido que quizá un estilo excesivamente formal podía intimidarla.

– Puede que la infravalores -dio Erhard.

– Es veterinaria agraria -dijo Nick.

– Sí, además de una mujer de considerable inteligencia, de acuerdo con mis fuentes -dijo Erhard en tono reprobatorio. Y guardó silencio al ver que Walter acompañaba a una mujer a su reservado.

¿Rose-Anitra? ¿La mujer del pantalón de peto? Nick apenas lograba encontrar similitudes entre una y otra. Llevaba un vestido rojo con un escote generoso. Al estilo de Marilyn Monroe, se ataba a un costado con un lazo y se ajustaba a su perfecta figura. Tenía el cabello recogido en un moño del que escapaban mechones aquí y allá, y apenas llevaba maquillaje, el justo para cubrir las pecas y un suave color rosa en los labios. Caminaba sobre unos altísimos tacones que hacían que sus piernas parecieran interminables.

– Creo que he acertado -dijo Erhard con una risita al tiempo que se ponía en pie-. Señora McCray.

– Rose -ella. Y su sonrisa iluminó la sala-. Me acuerdo de usted, señor Fritz. Si no me equivoco, era ayudante de mi tío.

– Así es -dijo Erhard-, pero por favor, llámame Erhard.

– Gracias -dijo ella-. Aunque han pasado quince años, recuerdo algunas cosas -se volvió a Nick-. Y usted debe ser el señor de Montez.

– Nick.

– No creo haber coincidido antes contigo.

– No.



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