"Soy una mujer fuerte y decidida", repitió, en voz baja, para sí misma. Era una privilegiada por estar allí, con aquel hombre, a quien las personas adoraban o temían. Revivió toda la tarde que habían pasado juntos, se acordó del momento en que percibió alguna ternura en su voz. "Quién sabe si también me encontró una mujer interesante. Tal vez incluso quisiera hacer el amor conmigo." No sería una mala experiencia; había algo extraño en sus ojos.

"Qué pensamientos tan tontos." Estaba allí, detrás algo muy concreto -un camino de conocimiento de repente, se percibía a sí misma como una simple mujer. Procuró no pensar más en esto y fue cuando dio cuenta de que ya había pasado mucho tiempo di de que el Mago la dejara sola.

Comenzó a sentir un inicio de pánico; la fama que corría respecto de ese hombre era contradictoria. Algunas personas decían que había sido el más poderoso Maestro que jamás conocieran, que era capaz de cambiar la dirección del viento, de abrir agujeros en las nubes, utilizando apenas la fuerza del pensamiento. Brida, como todo el mundo, quedaba fascinada por prodigios de esa naturaleza.

Otras personas, sin embargo -personas que frecuentaban el mundo de la magia, los mismos cursos y clases que ella frecuentaba-, garantizaban que él era un era un hechicero negro, que cierta vez había destruido a un hombre con su Poder porque se había enamorado de mujer de ese hombre. Y había sido por esa causa que pesar de ser un Maestro, había sido condenado a vagar en la soledad de los bosques.

"Quizá la soledad lo haya enloquecido más aún" y Brida comenzó a sentir de nuevo un inicio de pánico. A pesar de su juventud, ya conocía los daños que la soledad era capaz de causar en las personas, principalmente cuando se hacían mayores. Había encontrado personas que habían perdido todo el brillo de vivir porque no conseguían ya luchar contra la soledad, y acabaron viciadas en ella. Eran, en su mayoría, personas que consideraban al mundo un lugar sin dignidad y sin gloria, que gastaban sus tardes y noches hablando sin parar de los errores que los otros habían cometido. Eran personas a quienes la soledad había convertido en jueces del mundo, cuyas sentencias se esparcían a los cuatro vientos, para quien las quisiere oír. Tal vez el Mago hubiera enloquecido con la soledad.



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