Tenía que haber una explicación razonable, se dijo con firmeza. No había estado durmiendo bien o tal vez tenía carencia de vitamina B o no comía suficiente brócoli. Fuera la causa que fuera, la descubriría y le pondría solución. Se negaba a vivir nerviosa y sintiéndose débil; era una chica fuerte y autosuficiente y no iba a permitir que un tío bueno con el trasero como el de un dios griego le estropeara el día.


– ¿Y bien? -preguntó Marsha cuando Charity se había ido.

«Dos simples palabras con miles de significados», pensó Josh. ¿Qué les pasaba a las mujeres con el lenguaje? Podían hacer que a un hombre se le pusieran los pelos de punta sin esforzarse demasiado y ésa era una habilidad que admiraba y temía a la vez.

– Es inteligente y simpática.

Marsha enarcó las cejas.

– ¿No te parece que es guapa?

Él se recostó en el sofá y cerró los ojos.

– Ya empezamos otra vez. ¿Por qué estás tan obsesionada con emparejar a todo el que conoces? He estado casado, Marsha, ¿te acuerdas? Y no salió bien.

– Pero no fue culpa tuya. Era una zorra.

Él abrió un ojo.

– Creía que te caía bien Angelique.

– Me preocupaba que si se quedaba mucho tiempo bajo el sol el calor derritiera todo el plástico que se había metido en el cuerpo.

Él se rió.

– Era una posibilidad -su exmujer había tenido una belleza natural, pero no había descansado hasta tener un físico extraordinario.

– Bueno, ¿entonces te gusta? -preguntó Marsha.

Tenía la sensación de que ya no estaban hablando sobre su exmujer.

– ¿Por qué importa mi opinión?

– Porque sí.

– Muy bien. Me gusta. ¿Contenta?

– No, pero es un comienzo.

Estaba acostumbrado a las casamenteras y suponía que si tenía que vivir bajo una maldición, ésa no era una tan mala. Demasiadas mujeres le ofrecían todo lo que él pidiera, pero era una pena que estar con ellas no solucionara su verdadero problema.



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