
Se levantó.
– Te dije que cuidaría de ella y lo haré. No sé qué te preocupa. Esto es Fool's Gold, aquí no pasa nada -razón por la que él había regresado a casa. Era un lugar genial para escapar, o lo había sido, porque últimamente era como si el pasado estuviera acechándolo.
– Quiero que Charity sea feliz -dijo Marsha-. Quiero que encaje aquí.
– Cuanto más tardes en contarle la verdad, más se enfadará.
Marsha frunció los labios.
– Lo sé. Estoy esperando el momento adecuado.
Él se acercó, se agachó y le dio un beso en su arrugada mejilla.
– Nunca hay un buen momento. Tú misma me lo enseñaste.
Se puso derecho y fue hacia la puerta.
– Podrías llevarla a cenar -le dijo Marsha.
– Podría -respondió él al marcharse.
Podía pedirle salir a Charity, pero ¿después qué? En cuestión de días habría oído suficiente sobre él como para pensar que ya lo sabía todo. Después de eso, o estaría ansiosa por descubrir si era verdad lo que se decía o directamente pensaría que era la escoria de la sociedad. A juzgar por sus cómodos y funcionales zapatos y por su vestido conservador, suponía que lo vería como escoria.
Cruzó el vestíbulo ignorando la vitrina de cristal que guardaba la camiseta amarilla que había llevado durante su tercer Tourde Francia. Salió al sol de la mañana y, al ver a Ethan Hendrix saliendo de su coche, deseó no haberlo hecho. Ethan había sido su mejor amigo.
Se movía con soltura; después de todo este tiempo, la cojera ya casi había desaparecido y era prácticamente imperceptible para cualquiera. Pero Ethan no era un cualquiera. Él había sido uno de los mejores ciclistas de competición y Josh y él iban a participar en el Tour de Francia juntos mientras seguían en la facultad. Habían pasado horas entrenando y gritándose insultos entre bromas diciéndose quién sería el ganador. Después del accidente, sólo Josh había logrado participar y se había convertido en el segundo ganador más joven en la historia de la carrera. Henri Cornet había sido veintiún días más joven que él cuando ganó en 1904.
