
Ethan miró al otro lado de la calle y sus ojos se encontraron. Josh quería acercarse a su antiguo amigo y decirle que ya había pasado mucho tiempo y que ambos tenían que superarlo, pero a pesar de los mensajes de texto que le había enviado, Ethan nunca le había respondido. Nunca lo había perdonado. Y no por el accidente, ya que había sido culpa de Ethan, sino por lo que había sucedido después.
En cierto modo, Josh no podía culparlo. Después de todo, él tampoco se había perdonado a sí mismo.
Al día siguiente, Charity desembaló su pequeña caja de objetos personales y después se metió de lleno en las tareas de la mañana. Había pensado en varias ideas para llevar negocios a Fool's Gold y quería presentárselas a la alcaldesa. Después de imprimir sus informes preliminares, se familiarizó con el raro sistema de e-mails de la ciudad y se quedó sorprendida cuando levantó la mirada y se encontró allí a la alcaldesa junto a la puerta.
– ¿Ya son las once y media? -preguntó, incapaz de creer cómo había volado el tiempo.
– Pareces muy ocupada -dijo Marsha-. ¿Retrasamos nuestro almuerzo?
– No, claro que no -sacó su bolso del último rajón del escritorio, se levantó y se estiró la chaqueta del traje-. Estoy lista.
Bajaron la ancha escalera y salieron a la soleada calle.
El ayuntamiento estaba en el centro de la ciudad y unas antiguas farolas flanqueaban la amplia acera. Había árboles añejos, una barbería y una heladería que anunciaba batidos pasados de moda. Tulipanes y azafranes de primavera crecían en jardineras situadas delante de los distintos establecimientos.
