
– Esto es lo que estoy dispuesta a ofrecerles -dijo haciendo una segunda columna. Repasó los tres problemas y anotó soluciones, entre las que se incluían un tiempo extra de cinco segundos para girar a la izquierda en el semáforo de la vía de salida.
Los miembros del consejo escucharon y cuando terminó, volvieron a mirar al señor Berman.
– Suena bien -comenzó a decir él.
¿Suena bien? Estaba mucho mejor que bien. Era un trato de ésos que se dan sólo una vez en la vida. Era todo lo que la universidad había pedido. Era como un brownie con helado con cero calorías.
– Pero sigue habiendo un problema -dijo el señor Berman.
– ¿Cuál es? -preguntó ella.
– Cuatro acres en el límite del condado -dijo una voz desde la puerta.
Charity se giró y vio a un hombre entrar en la sala de juntas. Era alto y rubio, guapo hasta el punto de parecer de otra especie, y se movía con una elegancia atlética que le hizo sentir algo extraño en su interior inmediatamente. Le resultaba vagamente familiar, pero estaba segura de que no lo había visto en su vida.
Él le sonrió y el brillo de esos dientes, y esa milésima de segundo de atención que le había prestado, casi la lanzaron contra la pared. ¿Quién era ese tipo?
– Bernie -dijo el extraño dirigiendo su sonrisa de megavatios al líder del grupo-, me han dicho que estabas en la ciudad. No me has llamado para salir a cenar.
Al señor Berman pareció interesarle el comentario.
– Pensé que estarías ocupado con tu última conquista.
El chico rubio se encogió de hombros con modestia.
– Yo siempre tengo tiempo para la gente de la universidad. Sharon. Martin -saludó a todo el mundo, estrechó unas cuantas manos, le guiñó un ojo a la señora mayor que estaba al fondo y se giró hacia Charity.
– Lamento interrumpir. Estoy seguro de que bajo circunstancias normales podrías ocuparte de este problema sin el más mínimo esfuerzo, pero la razón por la que no tenemos un acuerdo no es ni la reversión del arrendamiento ni el semáforo -se acercó y le quitó el rotulador de la mano-. Son los cuatro acres que la familia muy adinerada de un exalumno le ha ofrecido a la universidad. Quieren que el edificio lleve su nombre y están dispuestos a pagar por obtener ese privilegio.
