Le lanzó otra sonrisa a Charity y después se giró hacia la pizarra.

– Voy a explicar por qué es una mala idea.

Y entonces comenzó a hablar. Ella desconocía quién era y tal vez debería haberle dicho que se marchara, pero no podía ni moverse ni hablar. Era como si él proyectara una especie de fuerza alienígena que la dejaba inmovilizada.

Tal vez eran sus ojos, pensó mientras miraba esas profundidades color verde avellana, o quizá sus rubias pestañas. Podría haber sido el modo en que se movía o el calor que sentía cada vez que él pasaba delante de ella. O quizá simplemente había inhalado algún gas extraño cuando su ordenador había empezado a echar chispas antes de morir.

A pesar de que disfrutaba de los encuentros entre hombre y mujer como la que más, nunca antes se había quedado tan cautivada por un hombre, y menos durante una reunión de trabajo que se suponía que ella tenía que dirigir.

Sin embargo, conocía a esa clase de hombre y había visto la desolación que dejaban allí por donde pasaban. Su instinto de protección le ordenaba que se mantuviera alejada, muy alejada. Y lo haría… en cuanto terminara la reunión.

Se puso derecha, decidida a recuperar el control de sí misma y de la reunión, pero entonces las palabras del misterioso invasor tuvieron sentido. A cualquier universidad le resultaría muy difícil rechazar un obsequio consistente en tierras y no le extrañaba que al señor Berman no le hubiera interesado su solución porque su solución no solventaba el problema.

– La investigación de la que estás hablando es importante para todos -concluyó el hombre rubio-. Y ésa es la razón por la que la oferta de la ciudad es la mejor que tenemos sobre la mesa.



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