
Charity se obligó a centrar su atención en el señor Berman, que estaba asintiendo lentamente.
– Buena observación, Josh.
– Simplemente os he mostrado algunas cosas que se os han podido pasar -dijo el rubio con modestia. Al parecer, el rubio se llamaba Josh-. Charity ha hecho todo el trabajo.
Ella frunció el ceño. Ese tipo estaba invadiendo su reunión y su sistema nervioso y además, ¿intentaba darle los méritos a ella?
– En absoluto -dijo ella, aliviada por haber recuperado el poder de la palabra-. ¿Quién podría competir con sus excelentes puntualizaciones?
Josh le guiñó un ojo y levantó la carpeta que había sobre la mesa.
– Ésta es la declaración de intenciones. Creo que la firma se ha demorado demasiado, ¿no te parece, Bernie?
El señor Berman asintió lentamente y sacó una pluma del bolsillo de la chaqueta de su traje.
– Tienes razón, Josh -después, como si nada, firmó el papel dándole a Charity la victoria que tanto había deseado.
Aunque, por alguna razón, se había esperado que esa victoria fuera un poquito más dulce.
En cuestión de minutos, todo el mundo se había estrechado la mano, había murmurado sobre fijar la siguiente reunión para poner en marcha el plan y se había marchado. Charity estaba sola en la sala de juntas donde ya sólo quedaban el olor a plástico quemado y un documento firmado demostrando que todo aquello había sucedido. Miró el reloj. Eran las nueve y diecisiete. Al ritmo que estaba sucediendo todo, podría haber curado varias enfermedades y haber solucionado el problema del hambre en el mundo para cuando llegara el mediodía. Bueno, ella no. Hasta el momento sus logros parecían limitados a la quema de inocentes aparatos electrónicos.
Recogió sus papeles y salió al pasillo a recoger a su ya frío y difunto ordenador. ¿De verdad había pasado todo eso? ¿Había entrado un tipo en su reunión, la había sacado del apuro y después había desaparecido? ¿Como un súper héroe local o algo así? Pero entonces, si lo era, ¿por qué no se había ocupado del problema hacía semanas?
