– Se me ocurre algo mejor -dijo Bobby-.Déjate caer por casa esta tarde. Mamá ha invitado a unos amigos para tomar unas copas a eso de las cinco. Es el cumpleaños de mi padrastro. Así podrás conocerlos a todos.

No acababa de decidirme.

– ¿Estás seguro de que no pasará nada? Puede que a tu madre no le guste mi presencia en una ocasión tan especial.

– No te preocupes. Le avisaré con tiempo. No pondrá pegas. ¿Tienes un lápiz a mano? Es para que tomes nota de la dirección.

Desenterré el cuaderno y el bolígrafo del fondo del bolso y apunté los datos.

– Llegaré a eso de las seis -dije.

– Estupendo. -Cerró la portezuela del coche y se alejó cojeando hacia el suyo. Arranqué y me dirigí a casa.

Vivo en lo que antaño fue un garaje monoplaza y que en la actualidad es un estudio de doscientos dólares al mes y unos quince metros cuadrados, y que hace las veces de sala de estar, dormitorio, cocina, cuarto de baño, despacho y lavandería. Todo lo que poseo es multiuso y pequeñito. Tengo un juego de frigorífico, fregadero y cocina, una lavadora en miniatura que se lo traga todo, un sofá que se convierte en cama (aunque sólo en contadas ocasiones me tomo la molestia de abrirlo) y un escritorio que a veces transformo en mesa de comedor. He organizado mi vida en función del trabajo y mi domicilio, con el paso del tiempo, ha ido reduciéndose en consecuencia. Durante una temporada viví en un remolque, pero acabó por parecerme excesivo. Salgo de la ciudad con frecuencia y me resisto a pagar por un espacio que no utilizo. Puede que un día reduzca mis necesidades a un saco de dormir que podría guardar en el asiento trasero del coche, así eliminaría de un plumazo la inevitabilidad del alquiler.

En la actualidad es poco lo que considero imprescindible.



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