
Mi casa está en una calle pequeña y flanqueada de palmeras, a una manzana de la playa, y mi casero es un hombre que se llama Henry Pitts y que ocupa la vivienda principal del solar. Tiene ochenta y un años, es panadero jubilado y complementa sus ingresos actuales preparando artículos de panadería y pastelería que cambia con los comerciantes del barrio por productos y servicios. Abastece de pastas de té a las ancianitas del vecindario y en los ratos libres compone unos crucigramas del copón. Es muy atractivo: alto, esbelto y de piel bronceada, tiene una asombrosa cabellera cana que de tan suave parece la pelusilla de un recién nacido, y un rostro afilado y aristocrático. Tiene los ojos malva, del color de las ipomeas, e irradian inteligencia. Es afectuoso, dulce y humano. No habría tenido que sorprenderme por tanto que al llegar yo lo viese en compañía de la "beibi" que se estaba tomando con él un julepe de menta en el jardín.
Había estacionado el coche enfrente, como de costumbre, y eché a andar hacia la puerta de mi casa, que está en la parte trasera. Mi cubículo da al pintoresco escenario que constituye el jardín, donde hay césped, un sauce llorón, rosales, dos naranjos enanos y una zona empedrada para tomar el fresco. Me vio en el momento en que salía por su puerta trasera con una bandeja de servicio.
