– Ah, hola, Kinsey. Bueno, ven. Quiero presentarte a alguien -dijo.

Seguí con la mirada la dirección de la suya y vi a una señora estirada en una tumbona. Tendría sesenta y tantos años, era regordeta y ostentaba una corona de rizos castaños que habían pasado por el tinte. Tenía el cutis arrugado como un mapa y se maquillaba con gran habilidad. Lo que me impresionó fueron sus ojos: muy grandes, de un castaño aterciopelado y, durante una fracción de segundo, viperinos.

Henry dejó la bandeja en una mesa redonda de metal que se alzaba entre las tumbonas.

– Te presento a Lila Sams -dijo, y señalándome con la cabeza-: Mi inquilina, Kinsey Millhone. Lila acaba de mudarse a Santa Teresa, le ha alquilado una habitación a la señora Lowenstein, aquí en la calle.

La señora me alargó la mano con un cascabeleo de pulseras rojas de plástico mientras hacía amago de levantarse.

– No se levante, por favor -dije, acercándome a ella-. Bienvenida al barrio. -Nos dimos la mano con una sonrisa de cordialidad que, en su caso, vino a reemplazar el destello frío que advirtiese en su mirada y que hizo que me preguntara si no habría sido víctima de una confusión-. ¿De dónde es usted?

– De aquí, de allí, de todas partes -dijo mirando a Henry con picardía-. No sé cuánto tiempo voy a estar por aquí, pero Henry hace que todo sea… maravilloooooso.

Llevaba un vestido estival, de algodón y escotado, con un estampado geométrico de color verde y amarillo sobre fondo blanco. Sus pechos eran sendos talegos de harina que hubieran perdido parte del contenido por entre las costuras. Repartía la gordura entre la delantera y la cintura, mientras que sostenía la reciedumbre de las caderas y los muslos con unas piernas todavía de buen ver y unos pies de aspecto elegante. Calzaba zapatillas de lona roja, con suela de tacón incorporado, y lucía unos pendientes de plástico rojo y que parecían botones. Fue como si contemplase un cuadro, porque mi mirada volvió al punto de partida. Quería observar sus ojos otra vez, pero en aquel momento ella miraba la bandeja que Henry le ofrecía.



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