
– Ay, Henry, ¿qué es esto? ¡Eres de lo que no hay!
Henry le había preparado una bandeja de canapés. Es una de esas personas capaces de entrar volando en una cocina y preparar unos tentempiés para chuparse los dedos con un par de latas cualesquiera. Yo no tengo en la despensa más que una caja de copos de cereales con bichos.
Lila juntó las uñas rojas a modo de pico de grulla. Cogió un canapé y se lo trasladó a la boca. Parecía una tostada pequeña con un trocito de salmón ahumado y una pizca de mayonesa derretida.
– Mmmmm, está delicioso -dijo con la boca llena, y a continuación se lamió los dedos, uno por uno. Ostentaba varios anillos de aire tosco, con diamantes y rubíes engastados, y una esmeralda cuadrada que parecía un sello de correos con diamantes a los lados. Henry me ofreció la bandeja de los canapés.
– Prueba uno mientras te preparo un julepe de menta.
Negué con la cabeza.
– Mejor no. Tengo trabajo y quisiera correr un poco.
– Kinsey es detective -dijo Henry a su invitada.
Los ojos de Lila se dilataron y parpadearon con asombro.
– ¡Virgen Santa! ¡Qué interesante! -Se expresaba de un modo hiperbólico, con más vehemencia de la que pedía la situación. Ella no me despertaba a mí tanto entusiasmo y estoy segura de que se daba cuenta. Me caen simpáticas las señoras mayores en términos generales. Para el caso, me caen simpáticas casi todas las mujeres. Las encuentro abiertas y comunicativas por naturaleza, y graciosamente sinceras cuando se ponen a hablar de hombres.
Aquella era de la vieja escuela: dicharachera y coquetona. Se había mostrado desdeñosa nada más verme.
Miró a Henry y dio unas palmaditas en la lona de la tumbona.
– Anda, ven, siéntate aquí, niño travieso. No me gusta que seas tan servicial conmigo. ¿Puede usted creerlo, Kinsey? Que si toma esto, que si toma aquello, no ha parado de mimarme en toda la tarde. -Satisfecha, se inclinó sobre la bandeja de los canapés-. Oh, ¿de qué es éste?
