
Observé a Henry, medio esperando que me dirigiese una mirada de compromiso, pero acabó por sentarse en la tumbona, como se le había ordenado, y por recorrer la bandeja con los ojos.
– Es de ostra ahumada. Y éste, de queso graso con salsa india agridulce. Te gustará. Toma.
A punto estuvo de ponerle el canapé en la boca, pero ella, de un manotazo, le hizo cambiar de idea.
– Quita de ahí. Cómetelo tú. Quieres matarme, y lo que es peor, ¡vas a conseguir que engorde!
Al ver juntas las dos cabezas ancianas noté que la cara se me crispaba en una mueca de malestar. Henry tiene cincuenta años más que yo y nuestras relaciones han sido siempre de lo más casto y decoroso, pero me pregunté si se sentiría como yo en aquellos instantes en las raras ocasiones pretéritas en que había visto salir a un hombre de mi casa a las seis de la madrugada.
– Nos veremos más tarde, Henry -dije, echando a andar hacia mi puerta. Creo que ni siquiera me oyó.
Me puse una camiseta de tirantes y unos tejanos de pernera recortada, me até las zapatillas de correr y volví a la calle con la máxima discreción. Recorrí una manzana a paso rápido hasta llegar a Cabana, la ancha avenida que discurre en sentido paralelo a la playa, y me lancé al trote. Hacía calor y en el cielo no se veía ni una sola nube. Eran las tres de la tarde y hasta el oleaje parecía lánguido y perezoso. La brisa que soplaba del océano venía cargada de sal y la playa estaba cubierta por una alfombra de desperdicios.
Ni siquiera sé por qué me molestaba en corretear. Estaba desentrenada, jadeaba, resoplaba, y los pulmones se me pusieron al rojo vivo antes de recorrer medio kilómetro. Me dolía el brazo izquierdo y tenía las piernas como si fueran de madera. Corro siempre que trabajo en un caso y creo que por eso lo hice aquel día. Corrí porque era el momento de correr y porque necesitaba sacudirme el óxido y el agarrotamiento de las articulaciones. Aunque en esto de correr soy muy escrupulosa a la hora de cumplir con el tiempo y las distancias, jamás me ha entusiasmado el deporte. Pero no se me ocurre ninguna otra forma de sentirme bien.
