El primer kilómetro y medio fue un martirio chino y maldije todos y cada uno de los minutos que invertí en recorrerlo. Al llegar a los tres kilómetros sentí que las hormonas endorfinas entraban en acción, y al llegar a los cinco comprendí que ya no me quedaban ni fuerzas ni ganas de continuar. Consulté la hora. Eran las tres y treinta y tres. Nunca he dicho que fuera rápida. Reduje la marcha a paso normal mientras chorreaba sudor por todos los poros. Ya me pasarían factura las agujetas al día siguiente, de eso estaba segura, pero por el momento me sentía ágil, con los músculos blandos y calientes. Suelo volver a casa andando para refrescarme.

Cuando llegué, el sudor, que se me había enfriado, me producía escalofríos y suspiraba por una ducha caliente. En el jardín no había ni un alma, los vasos del julepe estaban vacíos y juntos. La puerta trasera de Henry estaba cerrada y habían bajado las persianas. Entré en casa con la llave que suelo atarme al cordón de la zapatilla.

Me lavé la cabeza, me afeité las piernas, me puse una bata y estuve trasteando un rato, limpiando la cocina y despejando el escritorio. Al terminar me puse unos pantalones, un blusón largo, sandalias y colonia. A las siete menos cuarto cogí el bolso grande de piel, salí y cerré con llave.

Consulté la dirección de Bobby y doblé a la izquierda al llegar a Cabana, hacia el refugio de los pájaros, por la carretera serpeante de Montebello, donde se dice que hay más millonarios por kilómetro cuadrado que en ninguna otra urbanización del país. No sé si será verdad o no.



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