
La dirección que me había dado Bobby estaba en West Glen, una avenida estrecha y sombreada por eucaliptos y sicómoros, y flanqueada por valles de piedra labrada a mano que se curvaban hacia unas mansiones demasiado alejadas de la calle para que las viesen los conductores que pasaban. De tarde en tarde, un portal permite entrever los majestuosos edificios del fondo, pero en términos generales West Glen parece discurrir entre robledales sin otro objeto que tomar el sol a trechos, aspirar la fragancia del espliego y escuchar a los abejorros que ronronean entre los geranios de color rosa subido. Ya eran las seis y aún faltaba un par de horas para que anocheciera.
Encontré el número que buscaba y doblé en primera por un sendero. A la derecha vi tres cobertizos albeados con adornos de yeso y que parecían fruto de la habilidad arquitectónica de los tres cerditos. Miré por todas partes pero no vi ningún sitio donde aparcar. Seguí avanzando con la esperanza de encontrar una zona de estacionamiento al otro lado de la curva que tenía delante.
Miré atrás mientras me preguntaba por qué no había ningún otro vehículo a la vista y cuál de los bungalows sería el de la familia de Bobby. Me sentí intranquila durante un segundo. Bobby me había dicho aquella tarde, ¿no? Pero, ¿y si me había equivocado de día? Me encogí de hombros. En fin. Peores confusiones he sufrido en la vida, aunque no se me ocurrió ninguna en aquellos momentos. Tomé la curva y busqué un sitio para aparcar. Pisé el freno inconscientemente y el coche se detuvo tras patinar un poco. "¡Puta mierda!", murmuré.
