– Me han dicho que eres investigadora privada -dijo sin perder el ritmo-. ¿Es verdad? -Hablaba jadeando un poco, aunque lo disimulaba bien.

– Pues sí. ¿Acaso necesitas un detective?

– Hasta cierto punto. Quisieron matarme.

– Pues por poco lo consiguen. ¿Cuándo fue?

– Hace nueve meses.

– ¿Y por qué?

– Lo ignoro.

Se le había hinchado la cara posterior de los muslos y tenía los tendones tensos como las cuerdas de una polea.

La cara le chorreaba de sudor. Sin darme cuenta, me puse a contar yo también las flexiones que hacía. Seis, siete, ocho.

– Me cae gordo ese aparato -dije.

Esbozó una sonrisa.

– Hace un daño de la hostia, ¿verdad?

– ¿Cómo ocurrió?

– Era de noche y subía la montaña con un colega. Se nos puso detrás un coche y empezó a darnos empujones. Al llegar al puente que está en lo alto del puerto, perdí el control y nos fuimos abajo. Rick resultó muerto. Salió despedido y el coche le pasó por encima. También yo pude haber muerto. Los diez segundos más largos de mi vida, como suele decirse.

– Entiendo. -El puente desde el que había caído salvaba un desfiladero de paredes rocosas cubiertas de maleza, y de más de cien metros de profundidad; era un sitio ideal para practicar el suicidio. Que yo sepa, nadie ha sobrevivido después de caerse por allí-. Te esfuerzas como un enano -dije-. Ya verás cómo te recuperas.

– ¿Y qué quieres que haga? Después de la caída me dijeron que ya no volvería a andar. Que ya no podría hacer nada de nada.

– ¿Quién te lo dijo?

– El médico de cabecera. Un viejales que no sirve para nada. Mi madre lo mandó a freír espárragos y llamó a un ortopeda. Me he recuperado gracias a él. Estuve ocho meses en rehabilitación en el hospital y ahora aquí. ¿Y a ti qué te pasó?



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