– Un cabrón me disparó en el brazo.

Se echó a reír. El sonido jadeante que emitía me pareció una delicia. Acabó la última tanda de movimientos y se incorporó apoyándose en los codos.

– Aún tengo que pasar por cuatro aparatos más; luego, a paseo. Por cierto, me llamo Bobby Callahan.

– Kinsey Millhone.

Nos dimos la mano como para cerrar un trato sin palabras. Supe en aquel momento que tarde o temprano acabaría trabajando para él.

Fuimos a un pequeño restaurante donde servían comida sana, uno de esos lugares especializados en imitar los productos cárnicos, pero que no engañan a nadie. Yo no lo entiendo, la verdad. Si fuera vegetariana, me daría asco comer algo que me presentan con el aspecto inequívoco de unos pies de cerdo, pongamos por caso. Bobby pidió un rollo de judías y queso del tamaño de una toalla de baño enrollada, sazonado con salsa de aguacate y crema agria. Yo me incliné por unas verduras salteadas con arroz integral y un vaso de vino blanco de origen desconocido.

Comer era para Bobby tan difícil y complicado como los ejercicios, pero gracias a que concentraba todas sus energías en el proceso le pude observar detenidamente. Tenía el pelo estropajoso y claro, sin duda por tomar mucho el sol, y unos ojos castaños adornados con unas pestañas que para sí las quisieran muchísimas mujeres. Tenía paralizada la mitad izquierda de la cara y una mandíbula prominente y acentuada por una cicatriz en forma de cuarto creciente. Supuse que se habría perforado el labio inferior con los dientes al caer por el precipicio. Cómo había vivido para contarlo era algo que probablemente se preguntaban todos.

Alzó los ojos. Se dio cuenta de que le había estado mirando, pero no hizo comentario alguno.

– Tienes suerte de estar vivo -dije.

– Pues aún no sabes lo peor.



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