Ya se me han ido los chichones de la cabeza; parecían ciruelas. -Volvía a hablar con un ligero jadeo, como si lo que decíamos le afectase a la voz-. Estuve dos semanas en coma y cuando desperté no sabía qué hostias pasaba. Y sigo sin saberlo. Recuerdo, en cambio, cómo era antes, y eso es lo que me duele. Yo era un tío listo, Kinsey. Sabía un montón. Me concentraba y se me ocurrían cosas. Tenía un cerebro capaz de dar saltitos mágicos. ¿Sabes a qué me refiero?

Asentí. Sabía algo de los cerebros que dan saltitos mágicos.

– Ahora no tengo más que boquetes y espacios en blanco -prosiguió-. Agujeros. Hay períodos del pasado de los que no recuerdo nada en absoluto. Ya no existen. -Hizo una pausa para secarse la barbilla con impaciencia y echó una mirada de resentimiento al pañuelo-. Joder, encima se me cae la baba como a un tonto. Si siempre hubiera sido así, no me daría cuenta de la diferencia y no me fastidiaría tanto. Pensaría que los demás tienen un cerebro tan estropeado como el mío. Pero antes sabía pensar con rapidez. De eso sí me acuerdo. Quería ser médico y sacaba muy buenas notas. Ahora me dedico a hacer ejercicios de rehabilitación. Todo para conseguir la coordinación suficiente para ir sin ayuda al puñetero lavabo. Cuando no estoy en el gimnasio, voy a ver a un comecocos que se llama Kleinert para reconciliarme con lo que queda de mí.

Se le humedecieron los ojos de repente e hizo una pausa para recuperarse. Respiró hondo y cabeceó con brusquedad. Al reanudar la conversación advertí en su voz una gran carga de autodesprecio.

– En fin. Así he pasado las vacaciones este verano. ¿Y tú?

– ¿Estás convencido de que fue un intento de asesinato? ¿No pudo haber sido un gamberro o un borracho?

Meditó unos momentos.

– Conocía el coche. Bueno, eso creo. Ahora ya no, desde luego, pero entonces me dio la sensación de que reconocía el vehículo.

– ¿Y al conductor?

– Ahora no sabría decirte -dijo cabeceando-. Puede que sí y puede que no.



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