No. Pero míralos, Cesonia. Nada. La honestidad, la respetabilidad, el que dirán, la sabiduría de las naciones, nada significa ya nada. Todo desaparece ante el miedo. El miedo, ¿eh Cesonia?, ese hermoso sentimiento, sin mezcla, puro y desinteresado, uno de los pocos que obtienen su nobleza del vientre. (Se pasa la mano por la frente y bebe. En tono amistoso.) Ahora hablemos de otra cosa. Vamos, Quereas, estás muy silencioso.

Quereas. Estoy dispuesto a hablar, Cayo. En cuanto lo permitas.

Calígula. Perfecto. Entonces, cállate. Me gustaría oír a nuestro amigo Mucio.

Mucio (a regañadientes). A tus órdenes, Cayo.

Calígula. Bueno, pues háblanos de tu mujer. Y empieza por mandarla a mi derecha.

La mujer de Mucio se acerca a Calígula.

Calígula. Eh, Mucio, te estamos esperando.

Mucio (un poco perdido). Mi mujer… pero yo la quiero.

Risa general.

Calígula. Claro, amigo mío, claro. ¡Pero qué vulgar!

Ya tiene a la mujer a su lado y le lame distraído el hombro izquierdo.

Calígula (cada vez más a sus anchas). En realidad, cuando entré estabais conspirando, ¿no es así? Marchaba la conspiracioncita, ¿eh?

El viejo patricio. Cayo, ¿cómo puedes…?

Calígula. No tiene importancia, preciosa. La vejez es así. No tiene importancia, de veras. Sois incapaces de un acto valiente. Ahora recuerdo que debo resolver algunas cuestiones de Estado. Pero antes demos satisfacción a los deseos imperiosos que nos crea la naturaleza.

Se levanta y lleva a la mujer de Mucio a una habitación vecina.

ESCENA VI

Mucio hace ademán de levantarse.

Cesonia (amablemente). Oh, Mucio, volvería a tomar de ese vino excelente.

Mucio, dominado, le sirve en silencio. Momento penoso. Las sillas crujen. El diálogo siguiente es un poco acompasado.



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