
Calígula (siempre acostado). ¿Qué bebes, Mereya?
Mereya. Es para el asma, Cayo.
Calígula (se le acerca apartando a los otros y le huele la boca). No; es un contraveneno.
Mereya. Pero no, Cayo, ¿quieres burlarte? Me ahogo de noche y ya hace mucho que me cuido.
Calígula. ¿Así que tienes miedo de que te envenenen?
Mereya. El asma…
Calígula. No. Llamemos a las cosas por su nombre: temes que te envenene. Sospechas de mí. Me espías.
Mereya. ¡No, por todos los dioses!
Calígula. Sospechas de mí. En cierto modo, desconfías de mí.
Mereya. ¡Cayo!
Calígula (con rudeza). Responde. (Matemático.) Si tomas un contraveneno, me atribuyes la intención de envenenarte.
Mereya. Sí…, quiero decir…, no.
Calígula. Y no bien crees que decidí envenenarte, haces todo lo necesario para oponerte a esta voluntad.
Silencio. Desde el comienzo de la escena, Cesonia y Quereas se han retirado al fondo. Sólo Lépido sigue el diálogo con expresión angustiada.
Calígula (cada vez más preciso). De este modo son dos crímenes y una alternativa de la que no saldrás: o yo no quería hacerte morir y sospechas injustamente de mí, o lo quería y tú, insecto, te opones a mis proyectos. (Una pausa. Calígula contempla satisfecho al anciano.) Eh, Mereya, ¿qué me dices de esta lógica?
Mereya. Es… es rigurosa, Cayo. Pero no se aplica al caso.
Calígula. Y, tercer crimen, me tomas por un imbécil. Siéntate y escúchame bien. (A Lépido.) Sentaos todos. (A Mereya.) De estos tres crímenes, sólo uno te honra: el segundo, porque el hecho de atribuirme una decisión y contradecirla, implica una rebeldía en ti. Eres un conductor de hombres, un revolucionario. Está bien. (Tristemente.) Te quiero mucho, Mereya. Por eso serás condenado por tu segundo crimen. Morirás virilmente, por haberte rebelado.
