Siobhan volvió a visitar a los padres, plenamente consciente de que nada de lo que dijera cambiaría las cosas, pero sintiéndose obligada a ello. Los encontró frustrados, no por el sistema, sino por el trato de la vida. Lo que Siobhan no hizo -y tuvo que apretar con ganas los dientes para contenerse- fue ir a la cárcel a ver a Cruikshank para cubrirle de injurias. Recordaba la declaración de Tracy ante el tribunal, con voz quebrada y tartamudeante, sin mirar a nadie, casi avergonzada y casi sin atreverse a tocar la bolsa de las pruebas -su vestido roto y la ropa interior-, y llorando en silencio. El juez sintió lástima y el acusado había recibido la condena meneando la cabeza, incrédulo, con aquella gasa que le cubría la mejilla, y haciéndose la víctima con los ojos en blanco con toda desvergüenza.

Poco después de emitir el veredicto leyeron al jurado anteriores condenas del acusado: dos por agresión y una por intento de violación. Donald Cruikshank acaba de cumplir diecinueve años.

– Ese cabrón tiene toda la vida por delante -espetó John Jardine a Siobhan al salir del cementerio.

Ishbel lloraba sobre el hombro de su madre, abrazada a ella, que miraba al frente, dejando atrás una parte de su vida…

La llegada de los cafés forzó a Siobhan a volver al presente, pero aguardó a que el camarero se alejase a recoger la cuenta del hombre de negocios.

– Bien, cuéntenme qué ocurrió -dijo.

John Jardine vació un sobrecito de azúcar en su taza y empezó a remover el café.

– El año pasado Ishbel terminó sus estudios y nosotros queríamos que fuese a la universidad para que tuviera un título, pero a ella le hacía ilusión ser peluquera.

– Naturalmente, para eso hace falta también un título -interrumpió su esposa-. Está haciendo unos cursos en Livingstone aparte del trabajo.

Siobhan asintió con la cabeza.

– Hasta que desapareció -añadió John Jardine sin alterarse.



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