Siobhan se percató de que le salían las palabras con excesiva facilidad porque las había dicho más de una vez a padres angustiados. Alice miró a su esposo.

– Dile lo que te contó Susie -dijo.

Él asintió con la cabeza y dejó finalmente la cucharilla en el plato.

– Susie, que trabaja en la peluquería con Ishbel, me contó que la había visto subir a un coche vistoso…, un BMW o algo así.

– ¿Cuándo?

– Un par de veces… El coche aparcaba a cierta distancia de la peluquería y el conductor era mayor. -Hizo una pausa-. De mi edad como poco.

– ¿Le preguntó Susie a Ishbel quién era?

El señor Jardine asintió con la cabeza.

– Pero ella no quiso decírselo.

– A lo mejor se ha ido a vivir con él -dijo Siobhan, que había terminado el café y no quería tomar otro.

– Pero ¿por qué se marchó sin más? -inquirió Alice con voz lastimera.

– Pues no sé qué decirle.

– Susie mencionó otra cosa -añadió el señor Jardine bajando más la voz-. Dijo que ese hombre… Nos contó que le pareció un poco dudoso.

– ¿Dudoso?

– Bueno, dijo que parecía un chulo -respondió mirando a Siobhan-. Como los que se ven en la tele, con gafas oscuras y chaqueta de cuero… y con un coche llamativo.

– No creo que eso nos lleve muy lejos -replicó Siobhan, y acto seguido se arrepintió de haber dicho «nos».

– Ishbel es muy guapa -explicó Alice-. Usted la conoce. ¿Por qué iba a marcharse sin decirnos nada? ¿Por qué nos ocultaba lo de ese hombre? No -añadió meneando la cabeza-, tiene que ser otra cosa.

Se hizo un silencio. Sonó otra vez el teléfono del hombre de negocios cuando cruzaba la puerta sostenida por el camarero, quien incluso le dirigió una inclinación de cabeza; debía de ser cliente habitual o había mediado una buena propina. Ahora sólo le quedaban tres clientes: una perspectiva poco prometedora.

– No sé en qué puedo ayudarles -dijo Siobhan-. Saben que si de mí dependiera…



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