
John Jardine cogió la mano a su esposa.
– Siobhan, usted se portó muy bien con nosotros. Fue muy amable y se lo agradecimos mucho; Ishbel también… Por eso pensamos en usted -dijo mirándola con sus ojos acuosos-. Perdimos a Tracy y sólo nos queda Ishbel.
– Escuchen… -propuso Siobhan respirando hondo-. Podría poner su nombre en circulación a ver si aparece por alguna parte.
– Magnífico -comentó él más animado.
– Magnífico es mucho decir, pero haré lo que pueda.
Vio que Alice Jardine iba a cogerle otra vez la mano y se levantó mirando el reloj como si tuviese una cita urgente en la comisaría. Llegó el camarero y John Jardine insistió en pagar. Cuando ya salían, el camarero había desaparecido y fue Siobhan quien sujetó la puerta.
– La gente a veces necesita pasar un tiempo a solas. ¿Están seguros de que no ha tenido ningún problema?
Marido y mujer se miraron y fue Alice quien contestó.
– Está libre, ¿sabe? Y ha vuelto a Banehall más fresco que una lechuga. Tal vez tenga algo que ver con él.
– ¿Con quién?
– Con Cruikshank. No ha estado en la cárcel más que tres años. Le vi un día cuando iba a la compra, y tuve que meterme en un callejón a vomitar.
– ¿Habló con él?
– No se merece ni que le escupan.
Siobhan miró a John Jardine, que movía insistentemente la cabeza.
– Voy a matarlo -exclamó-. Si me tropiezo con él, lo mato.
– Tenga cuidado a quién dice esas cosas, señor Jardine -repuso Siobhan pensativa-. ¿Lo sabía Ishbel? ¿Sabía que estaba libre?
– Todo el pueblo. Y ya sabe usted que las peluqueras son las primeras en enterarse de todo.
Siobhan asintió despacio con la cabeza.
– Bien… Como les he dicho, haré unas llamadas telefónicas, pero una foto de Ishbel no estaría de más.
La señora Jardine buscó en su bolso y sacó una hoja doblada. Era una foto de tamaño A4 impresa en el ordenador. Ishbel estaba en un sofá con una copa en la mano y las mejillas arreboladas por el alcohol.
