
– Así, mucho mejor -dijo el agente de la científica.
Siobhan miró a Rebus y vio que se frotaba las mejillas, como si ella necesitara saber que se había ruborizado.
– Mejor será que llame al Profe para que venga -dijo Curt como para sus adentros-. Creo que querrá ver esto in situ -añadió sacando el móvil del bolsillo-. Lástima molestarle ahora que irá camino de la ópera, pero el deber es el deber, ¿no? -apostilló con un guiño dirigido a Rebus.
Éste lo acogió con una sonrisa.
– Por supuesto, doctor.
El «Profe» era el profesor Sandy Gates, colega y jefe de Curt. Ambos profesores de patología en la universidad, su presencia era frecuentemente requerida en escenarios de crímenes.
– ¿Se ha enterado de que han apuñalado a un hombre en Knoxland? -preguntó Rebus mientras el doctor pulsaba los botones del teléfono.
– Eso he oído -contestó Curt-. Seguramente lo examinaremos mañana por la mañana, pero no creo que estos nuevos clientes requieran tanta urgencia -añadió mirando otra vez el esqueleto adulto.
El del niño estaba ahora tapado, no con una bolsa sino con la chaqueta de Siobhan, que ella misma había colocado respetuosamente sobre él.
– No debería haber hecho eso -musitó Curt arrimando el teléfono al oído-, porque ahora tendremos que quedarnos su chaqueta para contrastarla con las fibras del análisis.
Rebus no pudo aguantar ver a Siobhan ruborizarse otra vez y señaló hacia la puerta. Cuando salían oyeron que Curt hablaba con el profesor Gates.
– Sandy, ¿se ha vestido ya de frac y fajín? Porque si no lo ha hecho, o aunque se lo haya puesto, creo que tengo otro espectáculo para usted ce soir.
En lugar de dirigirse hacia el pub, Siobhan se encaminó a la salida del callejón.
– ¿Adónde vas? -preguntó Rebus.
– Tengo una cazadora en el coche -respondió ella.
Cuando volvió, Rebus fumaba un pitillo.
