
– ¿Quiere tomar otro? -preguntó Rebus al hombre, que volvió hacia él un rostro tan espectral como el del mayor Weir en cuestión, rematado por un cabello salpicado de yeso-. Soy el inspector Rebus y quisiera que contestara a unas preguntas. Ésta es mi colega, la sargento Clarke. Bien, ¿qué hay de ese trago? Coñac, si no me equivoco…
El hombre asintió con la cabeza.
– Pero tengo ahí la camioneta… y habrá que llevarla al almacén.
– No se preocupe, le llevaremos en coche -dijo Rebus volviéndose hacia Siobhan-. Para mí lo de siempre y un coñac para el señor…
– Evans. Joe Evans.
Siobhan se dirigió a la barra sin protestar.
– ¿Ha habido suerte? -preguntó Rebus.
Evans miró los implacables cilindros de la máquina.
– Ya se me ha tragado tres libras.
– Hoy no es su día.
El hombre sonrió.
– Ha sido el peor susto de mi vida. Lo primero que pensé fue que eran restos romanos o algo así. O que picaba en un antiguo cementerio.
– Pero luego pensó que no.
– Quien echó el hormigón tenía que saber que estaban ahí.
– Sería un buen policía, señor Evans -comentó Rebus mirando cómo servían a Siobhan en la barra-. ¿Cuánto tiempo llevaba trabajando ahí abajo?
– Empecé esta semana.
– ¿Con pico en vez de una perforadora?
– En un sitio como ése no se puede trabajar con perforadora.
Rebus asintió con la cabeza como si lo entendiera perfectamente.
– ¿Hace el trabajo usted solo?
– Dijeron que bastaba con un operario.
– ¿Había estado antes en ese sótano?
Evans negó con la cabeza y casi sin pensarlo echó otra moneda a la máquina y pulsó el botón. Se encendieron una serie de luces con diversos efectos sonoros, pero no salió nada. El hombre volvió a golpear el botón.
– ¿Sabe quién echó el hormigón?
El hombre volvió a negar con la cabeza y metió otra moneda.
