– El dueño tendrá alguna ficha. -Hizo una pausa-. No me refiero a una ficha policial. Alguna nota de quien hizo el trabajo o una factura.

– Tiene razón -dijo Rebus.

Siobhan volvió con las bebidas y se las tendió. Ella bebía lima con soda.

– He hablado con el camarero, el pub es un local en franquicia con una marca de cerveza -dijo-. El dueño ha ido al autoservicio de mayoristas, pero no tardará.

– ¿Sabe lo de los esqueletos?

Siobhan asintió con la cabeza.

– Le llamó el camarero y viene de camino.

– ¿Tiene algo más que decirnos, señor Evans?

– Que llamen a la brigada antifraude. Esta máquina me está robando descaradamente.

– Hay delitos ante los que no podemos hacer nada. -Rebus se calló un momento-. ¿Sabe por qué quería el dueño levantar el piso?

– Él mismo se lo dirá -respondió Evans apurando el coñac-. Ahí lo tiene.

El propietario les había visto y se dirigía hacia la máquina con las manos en los bolsillos de un abrigo de cuero negro. Lucía un jersey color crema de cuello en V que dejaba al descubierto el pecho y un medallón con cadenita de oro, y llevaba el pelo corto con puntas engominadas sobre la frente. Cubría sus ojos con gafas de cristales rectangulares color naranja.

– ¿Te encuentras bien, Joe? -preguntó dando a Evans un apretón en el brazo.

– Aquí estamos, señor Mangold. Estos dos son policías.

– Soy el propietario y me llamo Ray Mangold.

Rebus y Siobhan se presentaron también.

– De momento, estoy algo extrañado, señores. Esto de los esqueletos en el sótano, no sé muy bien si es bueno o no para el negocio -añadió con una sonrisa que dejaba ver una dentadura impecable.

– Estoy seguro de que a las víctimas les conmovería su preocupación, señor.

Rebus no sabía por qué se había predispuesto tan rápido en contra del hombre. Quizá fuesen las gafas color naranja. Le disgustaba no ver los ojos a la gente. Como si leyera sus pensamientos, Mangold se las quitó y se puso a limpiarlas con un pañuelo blanco.



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