
– Siento haber hecho ese comentario, inspector. No es muy adecuado.
– Desde luego que no, señor. ¿Hace mucho tiempo que es el propietario?
– Falta poco para el primer aniversario -dijo entornando los ojos.
– ¿Recuerda cuándo se hizo el suelo de hormigón?
Mangold reflexionó un instante y asintió con la cabeza.
– Creo que estaba en marcha cuando me traspasaron el local.
– ¿Qué negocio tenía antes?
– Un club en Falkirk.
– ¿No le iba bien?
El hombre negó con la cabeza.
– Me harté de los problemas: el personal, las pandillas que lo destrozan todo…
– ¿Demasiadas responsabilidades? -insinuó Rebus.
Mangold volvió a calarse las gafas.
– Pues, sí; creo que fue eso. Por cierto, las gafas no son por dar la nota -dijo, y Rebus volvió a pensar que era como si le leyese el pensamiento-. Tengo hipersensibilidad en la retina y no aguanto la luz fuerte.
– ¿Abrió por eso un club en Falkirk?
Mangold amplió la sonrisa esta vez mostrando más dientes mientras Rebus se planteaba hacerse con unas gafas naranja como aquéllas, diciéndose al mismo tiempo que si el dueño le leía el pensamiento era el momento preciso de que le invitase a un trago.
Pero el camarero llamó al jefe para que atendiera algo. Evans miró el reloj y dijo que se iba si no tenían más preguntas que hacerle, y Rebus se ofreció a llevarle en coche, pero el hombre rehusó.
– La sargento Clarke tomará nota de su dirección por si necesitamos volver a hablar con usted.
Mientras Siobhan sacaba la libreta del bolsillo, Rebus se dirigió a la parte de la barra donde Mangold estaba inclinado para escuchar al camarero sin que alzara la voz. Los únicos clientes eran cuatro turistas -Rebus pensó que serían norteamericanos- que sonreían beatíficos en el centro del local. Mangold terminó de hablar antes de que él llegara a la barra. Tal vez tenía ojos en la nuca como complemento de su telepatía.
