
– No hemos acabado -dijo Rebus apoyando los codos en el mostrador.
– Pensaba que sí.
– Lamento que se lo haya parecido. Quiero que me explique lo de la obra del sótano. ¿Para qué es exactamente?
– Tengo en proyecto ampliar el local.
– Lo de abajo es pequeño.
– Por eso. Mi idea es ofrecer al público el ambiente de las antiguas tabernuchas de Edimburgo. Será un espacio acogedor con asientos cómodos, sin música y con la menor luz posible. Pensé en poner velas, pero la inspección de Sanidad y Seguridad me hizo descartar la idea -dijo sonriendo por la tontería-. Un espacio que se pueda alquilar para fiestas, imitando las viviendas antiguas del centro de la Ciudad Vieja.
– ¿Fue idea suya o de la empresa cervecera?
– Totalmente mía -respondió Mangold casi con una reverencia.
– ¿Y contrató al señor Evans para la obra?
– Trabaja muy bien. Lo sé por experiencia.
– ¿Y tiene idea de quién hizo el suelo de hormigón?
– Ya le he dicho que estaba en marcha antes de que yo me hiciera cargo del local.
– Pero la obra concluyó estando ya usted, según me ha dicho, ¿no? Lo que significa que tendrá papeles o algo, una factura cuando menos -dijo Rebus sonriente también-. ¿O lo pagó dinero en mano sin más?
Mangold le miró mosqueado.
– Sí, tiene que haber algún papel. -Realizó una pausa-. Aunque, claro, a lo mejor lo han tirado, o lo archivaron en la cervecera a saber dónde.
– ¿Quién gestionaba el local antes de que se encargara usted, señor Mangold?
– No lo recuerdo.
– ¿No le puso nadie al corriente del negocio? Generalmente hay una fase de transición.
– Sí que habría alguien… pero no me acuerdo de su nombre.
– Seguro que si hace un esfuerzo lo recordará -añadió Rebus sacando una tarjeta del bolsillo superior de la chaqueta-. Cuando lo recuerde, me llama.
