
– Muy bien -dijo Mangold cogiendo la tarjeta y haciendo como que la leía detenidamente.
Rebus vio que Evans se marchaba.
– Una última cosa de momento, señor Mangold…
– Diga, inspector.
– ¿Cómo se llamaba ese club? -preguntó.
Siobhan se había acercado a ellos.
– ¿El club?
– El de Falkirk. Si es que sólo tenía uno.
– Tenía el nombre de Albatros. Por la canción de Fleetwood Mac.
– ¿No conocía entonces el poema? -añadió Siobhan.
– No, me enteré después -contestó Mangold sonriendo forzadamente.
Rebus le dio las gracias sin ofrecerle la mano. Una vez en la calle, miró a un lado y a otro como sin saber dónde tomarse la próxima copa.
– ¿Qué poema? -preguntó.
– Rime of the Ancient Mariner. Un marinero que dispara a los albatros y hace que recaiga una maldición sobre el barco.
Rebus asintió despacio con la cabeza.
– ¿Como un albatros encima de ti?
– Algo así… -respondió ella sin mucho entusiasmo-. ¿Qué te ha parecido el hombre?
– Un poco estrambótico.
– ¿Crees que busca parecerse al protagonista de Matrix con ese abrigo?
– Dios sabe. Tenemos que seguir acosándole. Quiero saber quién hizo ese suelo y cuándo.
– Podría ser un truco publicitario para el local, ¿no?
– Planeado con mucha anticipación.
– Quizás el hormigón no lleva echado tanto tiempo como dicen.
Rebus la miró.
– ¿Has estado leyendo últimamente novelas de conspiraciones? ¿Los monárquicos cargándose a la princesa Diana, o la mafia a Kennedy?
– Vaya, pareces el gruñón señor Grumpy de la tele.
El rostro de Rebus comenzaba a relajarse cuando oyó protestas en el extremo del callejón. Habían apostado allí a un policía de uniforme para impedir el acceso al sótano, pero como a ellos les conocía les dio paso. Cuando Rebus se disponía a cruzar la puerta, alguien bien trajeado estuvo a punto de chocar con él.
