
– Buenas noches, profesor Gates -dijo Rebus esquivándolo.
El patólogo se paró en seco y le clavó una mirada capaz de fulminar a un estudiante a cinco metros, pero Rebus era hueso duro de roer.
– Ah, John -dijo Gates reconociéndole-. ¿Participa también en esta puñetera broma?
– Participaré en cuanto usted me diga de qué se trata.
– ¡Este cabrito me ha hecho perder el primer acto de La bohème! -dijo Gates refiriéndose a su colega el doctor Curt, que trataba de escurrirse discretamente hacia la salida-. ¡Y todo por una maldita travesura de estudiantes!
Rebus miró sorprendido a Curt.
– ¿Son falsos? -aventuró Siobhan.
– Claro que lo son -respondió Gates más calmado-. Mi estimado amigo aquí presente les dará los pormenores… aunque eso tampoco creo que pueda hacerlo. Bien, si me disculpan… -añadió dirigiéndose hacia la salida del callejón, donde el policía de uniforme le abrió paso ceremoniosamente.
Curt hizo señas a Rebus y a Siobhan para que le siguieran adentro. Había aún dos agentes de la científica abochornados tratando de disimularlo.
– Podríamos pretextar -comenzó a decir Curt- la falta de luz o el hecho de que se trata de dos simples esqueletos, más que de carne y sangre, materia sin duda mucho más interesante…
– ¿Por qué dice «podríamos»? -preguntó Rebus irónico-. Bueno, ¿es que son de plástico? -añadió agachándose junto a los esqueletos.
El profesor Gates había apartado a un lado la chaqueta de Siobhan, y Rebus se la tendió a ella.
– El del niño, sí; de plástico o de un material compuesto. Lo noté nada más tocarlo.
– Naturalmente -dijo Rebus, advirtiendo que Siobhan trataba de no dejar traslucir el menor indicio de regocijo por el fallo de Curt.
– Pero el de adulto es un esqueleto auténtico -prosiguió el patólogo-, seguramente muy antiguo, de los que utilizábamos en las clases de anatomía -precisó agachándose junto a Rebus, al tiempo que Siobhan se agachaba también.
