– ¿Ah, sí?

– Lo delatan esas pequeñas perforaciones en los huesos. ¿Las ven?

– Cuesta un poco; aun con esta luz.

– Cierto.

– ¿Para qué son?

– Para la inserción y unión de elementos articulatorios como tornillos o alambres -explicó cogiendo un fémur y señalando dos pequeños agujeros-. Tal como se ve en los museos.

– ¿O en las facultades de medicina? -aventuró Siobhan.

– Exactamente, sargento Clarke. En la actualidad es una técnica en desuso, obra antaño de unos especialistas llamados articuladores -dijo Curt poniéndose de pie y restregándose las manos como queriendo borrar todo rastro de su previo error-. Antes los usábamos mucho en las clases, pero ahora no tanto. Y, desde luego, no se emplean esqueletos auténticos, porque los ficticios son de gran realismo.

– Como bien acaba de demostrarse -dijo Rebus sin poder evitarlo-. Bien, entonces ¿en qué quedamos? ¿Es una especie de broma de mal gusto como dice el profesor Gates?

– Si se trata de eso, alguien ha dedicado una ingente tarea de varias horas a eliminar tornillos y alambres.

– ¿Ha habido alguna denuncia por robo de esqueletos en la universidad? -preguntó Siobhan.

Curt vaciló un instante.

– No, que yo sepa.

– Pero es un artículo para especialistas, ¿cierto? No se pueden comprar en cualquier supermercado.

– Eso diría yo… Hace tiempo que no voy a ningún supermercado.

– Es algo muy enrevesado, de todos modos -masculló Rebus irguiéndose también, mientras que Siobhan seguía en cuclillas contemplando el esqueleto infantil.

– Qué cosa tan siniestra -comentó.

– Quizás es lo que tú dices, Shiv. Hace cinco minutos dijo que a lo mejor era un truco publicitario -añadió Rebus volviéndose hacia Curt.

– Pero como acaba usted de explicar -dijo Siobhan negando con la cabeza-, es tomarse demasiada molestia. Tiene que haber algo más -añadió apretando la chaqueta contra su pecho como quien acuna a un niño-. ¿No podrían examinar el esqueleto adulto? -preguntó mirando a Curt, quien se encogió de hombros.



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