– ¿Qué te trae por aquí? -preguntó el hombre.

Era Hugh Davidson, a quien todos llamaban Shug, inspector de la comisaría de West End en Torphichen Place.

– Tú, por lo visto, Shug. Por alguna razón derivada de la escasez de agentes de altos vuelos.

Algo parecido a una sonrisa alteró el rostro de Davidson.

– ¿Y tú cuándo obtuviste el diploma de piloto, John?

Rebus, sin hacer caso, miró a quien acompañaba a Davidson.

– Cuánto tiempo sin verte, Ellen.

Ellen Wylie era sargento a las órdenes de Davidson. Tenía en el regazo un archivador nuevo y algunas hojas con el número del caso anotado en la parte superior de la primera página. Rebus sabía que el archivador no tardaría en llenarse casi a reventar con informes, fotos y listas de rotación de personal. Era el Libro del homicidio: la biblia de la investigación que se iniciaba.

– Me dijeron que estuvo ayer en Knoxland -replicó Wylie con la mirada fija al frente como viendo una película que requería su atención para no perder sentido- y que tuvo una agradable charla con un representante del cuarto poder.

– ¿Para gozo de los testigos de habla inglesa?

– Con Steve Holly -añadió ella-. La expresión «de habla inglesa», en el contexto de este caso, podría ser tachada de racista.

– Eso es porque actualmente todo es racista o sexista, cielo. -Rebus hizo una pausa a la espera de alguna reacción, pero ella no estaba por la labor-. El otro día me enteré de que ya no se puede decir «puntos negros de tráfico».

– Ni incapacitado -añadió Davidson inclinándose y mirando a Rebus a los ojos, quien sacudió la cabeza pensando en lo absurdo del tema y se reclinó en el asiento para observar la escena al otro lado del cristal.

– ¿Qué tal en Gayfield Square? -preguntó Wylle.

– ¿«Gay»field Square? A punto de cambiar su nombre políticamente incorrecto.



33 из 401