
Unos chiquillos en bicicleta comenzaron a correr en círculo a su alrededor mientras otros se apiñaban junto a una pared compartiendo un cigarrillo y algo en una botella de gaseosa que no parecía gaseosa. Llevaban gorras de béisbol y zapatillas de deporte; moda reflejo de otra cultura.
– ¡Demasiado viejo para ti! -ladró una voz, seguida de una carcajada y el característico gruñido de cerdo.
– ¡Yo soy joven pero tengo un buen pito, puta! -espetó la misma voz.
Siguieron caminando. A cada extremo del escenario del crimen había un policía de uniforme a punto de perder la paciencia ante las protestas de los vecinos por impedirles utilizar el pasadizo subterráneo.
– Total… porque han matado a un chino, tío.
– No era chino… Me han dicho que llevaba turbante.
Las voces arreciaron al verlos.
– Oiga, ¿por qué a ellos les deja y a nosotros no? Eso sí que es discriminación…
Rebus hizo pasar a Siobhan por detrás del uniformado. No había mucho que ver. Quedaban manchas de sangre en el suelo y persistía un leve olor a orines. Las paredes estaban totalmente cubiertas de pintadas.
– Fuese quien fuese, alguien le echa de menos -dijo Rebus en voz baja al advertir un ramo de flores en el suelo.
No eran realmente flores, sino hierbas silvestres y unos dientes de león recogidos en algún erial.
– ¿Querrá insinuar algo? -aventuró Siobhan.
Rebus se encogió de hombros.
– Tal vez no puedan comprar flores o no sabían dónde comprarlas.
– ¿Tantos inmigrantes hay en Knoxland?
Rebus negó con la cabeza.
– Probablemente no más de sesenta o setenta.
– Es decir sesenta o setenta más que hace unos años.
– Espero que no te estés volviendo como Reynolds Culo de Rata.
– Sólo me pongo en el lugar de los vecinos. A la gente no le gustan los forasteros, los inmigrantes, los viajeros, las personas de aspecto distinto… Incluso con un acento inglés como el mío puedes tener problemas.
