– Y viceversa, claro.

Salieron por el otro extremo del pasadizo y vieron otro conjunto de bloques más bajos, de cuatro pisos, y algunas filas de adosados.

– Esas casas fueron construidas para jubilados -dijo Rebus-, para que estuvieran integrados en la comunidad.

– Bonito sueño, como diría Thom Yorke.

Sí, eso era Knoxland: un bonito sueño. Como tantos otros en el extrarradio de la urbe. Los arquitectos habrían presentado ufanos sus planos y maquetas, sin que nadie se planteara construir un gueto.

– ¿Por qué se llama Knoxland? -preguntó Siobhan-. No será por el calvinista Knox.

– No creo. Knox deseaba que Escocia fuese una nueva Jerusalén. Algo que Knoxland dista mucho de ser.

– Yo lo único que sé de él es que no permitía imágenes en las iglesias y que no era un entusiasta de las mujeres.

– Ni le gustaba que la gente lo pasara bien. En su tiempo había torturas y juicios por brujería. -Rebus hizo una pausa-. No estaba mal.

No sabía hacia dónde caminaba. Siobhan avanzaba movida por una energía que tenía que quemar. Dio la vuelta y se dirigió a uno de los bloques altos.

– ¿Entramos? -dijo accionando el pestillo; pero estaba cerrado.

– Es una tradición reciente -comentó Rebus-. Y junto a los ascensores han puesto cámaras de seguridad para mantener a raya a los bárbaros.

– ¿Cámaras? -preguntó Siobhan mientras Rebus marcaba un código de cuatro cifras en el teclado de la puerta y contestaba su pregunta negando con la cabeza.

– Pero no están conectadas porque el Ayuntamiento no tiene presupuesto para pagar a un empleado de seguridad -comentó abriendo la puerta.

Había dos ascensores y los dos funcionaban, así que tal vez el teclado servía para algo.

– Al último piso -dijo Siobhan entrando en el de la izquierda.



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