
– Mejor así -dijo Rebus dejando la linterna en la encimera-. Aunque no hay mucho que ver.
– No parece que cocinara gran cosa -dijo Siobhan abriendo los armaritos con escasos platos y tazones, paquetes de arroz y condimentos, más dos tazas de té desconchadas y una cajita de té medio vacía. Junto al fregadero, en la encimera, había un paquete de azúcar con una cuchara. Rebus miró el fregadero con peladuras de zanahoria. Arroz y verduras: la última comida del difunto.
En el cuarto de baño se encontraron con un intento rudimentario de colada: una camisa y unos calzoncillos estirados sobre el borde de la bañera junto a una pastilla de jabón; y en el lavabo había un cepillo de dientes, pero no dentífrico.
Quedaba el dormitorio. Rebus dio la luz y vieron que allí tampoco había muebles; sólo un saco de dormir desplegado en el suelo. La moqueta era como la del cuarto de estar, parda, y a Rebus se le pegaron las suelas de los zapatos al aproximarse al saco. No había visillos; la ventana daba a otro bloque alto a unos treinta metros.
– No hay nada que explique el ruido que dicen que hacía -comentó Rebus.
– No sé qué decirte… Si yo viviera aquí, creo que me daría hasta un ataque de nervios.
– Tienes razón.
– En vez de cómoda, el hombre usaba una bolsa de basura. Rebus la levantó y vio unas prendas andrajosas cuidadosamente dobladas.
– Debió de comprarlas en una tienda de ropa usada -dijo.
– O serán de alguna organización caritativa. Hay muchas dedicadas a atender a los solicitantes de asilo.
– ¿Tú crees que era un refugiado?
– Bueno, desde luego no parece muy afincado en el país. Yo diría que llegó con un mínimo bastante exiguo de pertenencias.
