Rebus cogió el saco de dormir y lo sacudió. Era un saco anticuado, ancho y poco grueso. Del interior cayeron media docena de fotos.

Al recogerlas vio que eran instantáneas con los bordes manoseados. Una mujer con un niño y una niña.

– ¿La esposa y los hijos?

– ¿Dónde dirías que están hechas?

– En Escocia no.

En efecto, el fondo eran las paredes blancas de yeso de un apartamento cuya ventana daba a los tejados de una ciudad. A Rebus le pareció de un país cálido por el cielo azul intenso. Los niños miraban risueños y uno tenía los dedos metidos en la boca. La mujer y la niña se abrazaban y sonreían.

– Me imagino que habrá alguien que podrá reconocerlos -dijo Siobhan.

– No hará falta -replicó Rebus-. Ten en cuenta que es un piso del Ayuntamiento.

– ¿Quieres decir que el Ayuntamiento lo sabrá?

Rebus asintió con la cabeza.

– Lo primero que hay que hacer es recoger huellas dactilares y no apresurar conclusiones. Después, el Ayuntamiento nos facilitará el nombre.

– ¿Y eso nos llevará más cerca del asesino?

Rebus se encogió de hombros.

– Quienes lo mataron tuvieron que regresar a casa manchados de sangre. Es imposible que cruzaran Knoxland sin que nadie los viera. -Hizo una pausa-. Lo que no quiere decir que vayan a denunciarlo.

– Porque aunque sea un asesino, es «su» asesino -aventuró Siobhan.

– O porque tienen miedo. En esta barriada son frecuentes los casos de violencia.

– Entonces, nos veremos en vía muerta.

Rebus le tendió una de las fotos.

– ¿Qué ves? -preguntó.

– Una familia.

Rebus negó con la cabeza.

– Una viuda y dos niños que no volverán a ver nunca más al padre. Debemos pensar en ellos, no en nosotros.

Siobhan asintió con la cabeza.

– Podemos divulgar las fotos.

– Eso mismo estaba yo pensando. Creo que conozco al periodista adecuado.



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