
Jane siempre pensaba que podría ser Bonnie, la hija de Eve que fue asesinada cuando tenía siete años y cuyo cuerpo nunca se encontró. Esa tragedia la había impulsado a estudiar escultura forense e identificar a las víctimas de asesinatos para que los padres de las mismas pudieran poner fin a su sufrimiento. La búsqueda de Bonnie y su pasión por su carrera todavía dominaban su vida. Jane sacudió la cabeza.
– Si hubieras sospechado que se trataba del cráneo de Bonnie, no habrías oído mis estúpidos lamentos. -Jane levantó las manos en cuanto Eve abrió los labios-. Lo sé. Lo sé. No me quieres menos que a Bonnie. Sólo que es diferente. Siempre lo he sabido. Desde el principio. Ella era tu hija y nosotras somos más… amigas. Y a mí ya me está bien. -Volvió a recostarse en la cama-. Ahora, vuelve a tu trabajo y yo volveré a dormirme. Gracias por venir a despertarme. Buenas noches, Eve.
Eve tardó un momento en responder.
– ¿De que iba tu pesadilla?
Calor. Pánico. Oscuridad. Una noche sin aire ni esperanza. No, había una esperanza…
– No me acuerdo. ¿Ya ha regresado Toby?
– Todavía no. No estoy segura de que sea una buena idea dejarle salir por la noche. Es medio lobo.
– Por eso le dejo salir a pasear. Ahora que es adulto, necesita más libertad. Es demasiado golden retriever como para ser peligroso para alguien más que no sean las ardillas. Probablemente, ni siquiera para ellas. Una vez atrapó una y lo único que quería era jugar con ella. -Bostezó-. Sarah dijo que no había problema, pero si tú me lo dices no le dejaré salir.
– No, creo que no. Sarah entiende más de estos temas. -Sarah Logan, la mejor amiga de Eve era adiestradora de perros de búsqueda y rescate y le había regalado a Toby-. Sólo que le vigiles.
– Lo haré. Soy responsable de él. Sabes que no te defraudaré.
– Nunca lo has hecho. -Eve se levantó-. Haremos una pequeña fiesta cuando vengas de recoger tu permiso de conducir.
